sin ciencia no hay futuro

foto: claudia farfán

50 días de encierro

“That corpse you planted last year in your garden, Has it begun to sprout? Will it blossom this year?”

Publicado: 2020-05-05

Día 1 (lunes, 16 de marzo)

El 8 de diciembre de 1918, T.S. Eliot le dijo a su madre que andaba muy debilitado por una reciente y mortal enfermedad: la gripe española. Sin embargo, los síntomas más fuertes los tuvo su esposa, Vivienne, al punto que le fue imposible dormir algunas noches.

Al año siguiente, un temor recurrente de Eliot fue volver a contagiarse de influenza. Así se aprecia en las cartas que envió a su madre y a su hermano. En paralelo, seguía trabajando en el borrador de lo que sería después The Waste Land.

Muchos años atrás, en 1665, un joven Isaac Newton tuvo que encerrarse en casa de sus padres debido al rebrote de la Peste Negra. La casa era una granja en realidad, y Newton aprovechó el tiempo a su modo: sentó las bases del cálculo y se clavó una aguja en el ojo. Quería saber si cambiaría su percepción del color.

Con esa información sobre la mesa –The Waste Land, el cálculo, la óptica-, decidí desde el primer día que mi cuarentena no tendría ninguna presión por la productividad. No soy Eliot ni Newton: no haría nada y así estaba bien. Los testimonios de personas en cuarentena que leí señalaban que el encierro se rige por una lógica distinta: la angustia y la ansiedad eran la norma, y la productividad era solo la excepción. Para dar mayor énfasis, uno de esos testimonios decía “créanme lo que digo, yo llevo 40 días en cuarentena”.

Yo ya voy 50. En este tiempo, cociné 5 platos nuevos, usé jean 2 veces, leí 1 solo libro y soñé vívidamente 47 días seguidos.

No terminé la novela corta que había planeado para abril. No cerré el taller que había prometido dar. No empecé la biografía que había imaginado escribir.

Me ha bajado la rosácea.

Perdí la uña del dedo gordo del pie.


Miércoles, 11 de marzo

Después de cuatro años de búsqueda, este verano encontré al fin un lugar donde trabajar con tranquilidad. La biblioteca de Miraflores tenía un aire acondicionado tan fuerte que debía ingresar con chompa, mesas pequeñas para cuatro personas, cuarenta casilleros de metal donde debía dejar la mochila, y un baño sin papel higiénico ni jabón. Y aunque siempre andaba llena, había dentro un silencio absoluto.

Era un lugar ideal, hasta que la pandemia empezó a cercarla.

La primera semana de marzo, apareció un inofensivo afiche que decía “aquí ningún virus tiene corona”. En el baño, encontré una botella de plástico ya deformada por el uso. En su interior había jabón líquido.

Todo parecía lejano aún.

El cerco llegó finalmente el 11 de marzo. Mientras veía el alargue del Liverpool - Atlético de Madrid (para eso también sirven las bibliotecas), una voz llena de angustia rompió el silencio y pidió su atención por favor: debido al coronavirus, desde mañana no habrá atención en la biblioteca hasta nuevo aviso. Repito, debido al coronavirus.

Varios segundos de rumores. Las caras no eran temor. Eran de incredulidad.

Aunque la medida era absolutamente necesaria –las mesas pequeñas, los casilleros de metal, la botellita del baño- admito que me tomó de sorpresa. Perú tenía entonces solo 15 casos y ni un solo muerto. Sabía de la rapidez de los eventos, pero no había asumido aún que ya éramos parte de ellos.

Salí con cierta desazón que hasta ahora me acompaña. Había perdido mi lugar de trabajo, mi rutina recién creada. Cuando sacaba mi mochila del casillero, me encontré a Ana Briceño, redactora de Hildebrandt en sus Trece

-Ya no van a abrir la biblioteca -le dije-, por el coronavirus.

-Pucha -me dijo con sorpresa-, ¿y ahora dónde escribiré mis reportajes?

Como muestra de lo rápido que ha cambiado todo, Ana publicó al mes siguiente un reportaje sobre el colapso de los crematorios en Lima. Estos habían pasado de cremar 15 cuerpos al día a cremar 50.

La nota, titulada “Cadáveres”, empezaba con la entrevista a un joven de 26 años que llevaba en la mochila las cenizas de su abuela.


Día 29

Mi ruta hacia la biblioteca de Miraflores era pedestre y rutinaria. Llegaba al Parque Kennedy tras caminar por Mártir Olaya, y cruzaba la avenida Diagonal. Allí, en esa esquina del parque, me encontraba siempre a un gato blanco sobre el césped. Lo veía y seguía mi camino.

De regreso, cruzaba nuevamente el parque Kennedy y volvía a encontrarme al mismo gato blanco en la misma esquina. Sentado, echado, caminando. Solo, acompañado, posando para las fotos.

Ahora solo salgo a comprar comida. Para llegar al supermercado más cercano, uso una versión más corta de la ruta a la biblioteca: Pardo, Mártir Olaya, Diagonal, el gato blanco.

En los primeros días de la cuarentena, noté una expansión felina en el Parque. Los gatos habían empezado a explorar la Avenida Larco, cruzaban el otro lado de la pista, se trepaban a los carteles de las tiendas. Veía que algunos tenían lugares fijos, pero otros se aventuraban algo más. Y siempre, pese al continuo deterioro de las cosas, me encontraba en la misma esquina al gato blanco.

Hace algún tiempo entendí que, de manera inconsciente, había estado buscando al gato tanto de ida como de vuelta. Puedo llegar por varias rutas, pero camino siempre por ahí. Puedo mirar a cualquier lado, pero lo busco con la mirada y siempre lo encuentro ahí, recostado sobre el césped. Su presencia era una constante entre las variables, el rezago de algo que terminó.

La última vez que crucé por el parque, el día 29, no lo encontré.


Jueves, 12 de marzo

Sabía que la cuarentena obligatoria era la mejor medida para enfrentar al Covid-19, pero no lo había asumido debidamente hasta la noche del miércoles 11.

Lo tengo apuntado. Luego de caminar un poco y tomar quizá el último té de burbujas, regresé a casa y me puse a leer noticias echado en el sillón. Esa misma mañana, había leído las recomendaciones de ética clínica de la Sociedad Italiana de Anestesia. Como en Italia el sistema de salud ya había colapsado, los médicos debían decidir a quién atender: la recomendación era atender no a quien llegase primero, sino a quien tuviese mayores posibilidades de sobrevivir.

Me horroricé, pero seguí con mi día.

Durante esa noche algo cambió. Leí varios reportajes sobre el paciente 31 en Corea del Sur y un largo artículo de Tomas Pueyo, publicado el día anterior. En el cuadro 7, se aprecia claramente la diferencia entre el día de contagio y el día de diagnóstico en Hubei, China. Eso explicaba, en parte, la diferencia entre el número de casos reportados y el número real de casos. Pueyo calculaba que cada ciudad o país debía tener al menos 10 veces más casos de los que estaban reportando en ese momento.

Al final, como tantos otros artículos, concluía que la mejor salida era la cuarentena obligatoria.

Capturé la imagen del cuadro 7 y la mandé a un par de amigos. Escribí “ya no saldré de casa” a las 11:15. A medianoche me fui a dormir.

El jueves 12 amanecí fatalista. De pronto, todo lo que había leído a lo largo de dos meses hacía sentido. Empecé a actuar como si el virus estuviese en todas partes. Tuve miedo, por fin.

A lo largo del día debí ser exasperante. Me lavé las manos unas 20 veces, batallé por horas para no tocarme la cara, y entendí lo ridículo que era lavarse las manos en un lugar público para luego tener que tocar la manija del baño al salir.

También fui precavido. Asumí al fin que la cuarentena estaba a la vuelta de la esquina y reparé de inmediato la pantalla de mi celular. No quería pasar el encierro mirando videos en una pantalla rota.

En la calle, sin embargo, la gente andaba con total normalidad. Como yo hasta hacía poco.

Entendí que debía encerrarme.


Día 36

El único libro que he leído estos días es el diario de Anne Frank.

Lo compré el año pasado, en Ámsterdam. Estaba expuesto a lo largo del tercer piso de la librería Scheltema, en varias lenguas y ediciones. Tomé uno por curiosidad. Empecé a leer la introducción, leí un poco más, me senté en un sillón y seguí leyéndolo de golpe. Me lo llevé. “Si no lo compro acá, no lo compro en ninguna parte”, me dije.

Lo leí un par de días más. Descubrí que Anne Frank era bastante sapa. Al tercer día, sin razón alguna, lo abandoné.

Lo retomé durante el encierro. A fin de cuentas, es el diario de una niña judía que pasa a la adolescencia encerrada dos años en un cuchitril lleno de gente en un país controlado por los nazis. “Si no lo leo ahora, no lo leo en ningún momento”, me dije.

Debo decir que el libro me dio perspectiva.

Yo podía salir. En el peor de los casos me sancionaría la Policía Nacional, no la Gestapo.

Podía comprar comida a un ritmo muchísimo más espaciado. Los Frank la tenían almacenada por montones. El 30 de enero de 1944, Anne hizo un inventario de lo que tenían. Lo resumo: 30 kilos de granos, 30 kilos de frejoles, 5 kilos de arvejas partidas, 5 kilos de avena, 4 kilos de arroz. 50 jarras de vegetales, 40 latas de leche, 20 frascos de tomates, 10 latas de pescado, 4 frascos de carne, 3 botellas de aceite, 2 frascos de fresas.

Su humor es variable. A veces, le gana la desesperanza. El 8 de noviembre de 1943, escribió: “Simplemente no puedo imaginar que el mundo será nuevamente normal para nosotros. Yo hablo de ‘después de la guerra’, pero es como si hablase de un castillo en el aire, de algo que nunca será realidad”.

A veces, es más animosa. A lo largo de 1944, cuando se rumoreaba que pronto acabaría la guerra, Anne creía que volvería al colegio en setiembre de ese año. A la vez, se burla de sí misma por estar pensando en algo tan simple como el colegio.

También se burla de sí misma cuando, de manera accidental, incineró su propio estilógrafo: “Solo me queda un consuelo, aunque pequeño: mi estilógrafo fue cremado, y así me gustaría estar algún día”.

La entrada es del 11 de noviembre de 1943. 


Viernes, 13 de marzo

El viernes hice, sin saberlo, mi despedida social.

Durante la mañana, me encontré de casualidad a dos parejas de amigos. Dudamos mucho al saludarnos. Luego nos burlamos mutuamente: cada uno le decía al otro que era un irresponsable por estar en la calle. Nos despedimos con el codo.

En la noche, fui a un cumpleaños que cumplía con las normas vigentes: éramos seis personas en la mesa amplia, pero dos estornudaban. Casi toda la conversación fue sobre el Covid-19, por supuesto, y entre nosotros había un biólogo que absolvía nuestras dudas de manera didáctica y volvía el panorama cada vez más desolador. Nos reímos, la pasamos bastante bien, y quedó la sensación de que teníamos en frente una ola que irremediablemente nos iba a hundir.

Dudamos al despedirnos. Nos habíamos saludado con el codo, pero nos despedimos con breves abrazos. Sabíamos que era una despedida de verdad, y así lo dijo alguien. Así lo pensé yo.

Han pasado 50 días y no he vuelto a abrazar a ningún otro amigo. No creo que vuelva a hacerlo en mucho tiempo.


Día 50

Lima debería estar ya gris por estos días, pero hasta ayer aparecía el sol por las mañanas. Los zancudos debieron haberse ido ya, pero cada vez me atacan más. Anoche maté a cuatro. A dos de ellos, con el diario de Anne Frank. La colección Clásicos de Penguin es perfecta para aplastar insectos.

En el día 44 encontré de nuevo al gato blanco, pero a 50 metros de su lugar original. No puedo asegurar que era él, pero era un gato blanco al fin y al cabo y quiero pensar que es el mismo y que solo cambió de lugar. Inventó su nueva normalidad.

Nunca he soñado tanto como en este encierro: van 47 días de manera consecutiva. Nunca mis sueños han sido tan vívidos, tan largos, tan reales.

La mañana del día 5 apunté lo siguiente, para no olvidarlo después: 

"Claudia me acaba de contar que le hablé dormido al iniciar la mañana. No recuerdo absolutamente nada de esto. 

-Estoy viendo un partido de tenis –le dije.

-¿Quiénes están jugando?

-Los vivos contra los muertos.

-¿Y quién está ganando?

-Los muertos".


 

Al inicio de la cuarentena, Perú tenía 86 contagiados. 

Al día 51, tiene 51,189.

La cuarentena obligatoria acabará seguramente este domingo.


Escrito por

Carlos León Moya

Contratista de Odebrecht.


Publicado en

Reforma Agraria

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