el momento del ego

Fuente: peru.21

¿Qué Perú le queremos dejar a Víctor Andrés Ponce?

Nada es más triste que ver a un siervo perder a su amo. Manotas corazón.

Publicado: 2018-10-16

El súbito encierro del fujimorismo ha dejado en trompo a más de un pinnípedo local. Las teorías conspirativas que esgrimían siempre como defensa (los caviares, los caviares, los caviares) han perdido toda fuerza. Muy difícil generar empatía hacia una lideresa que, según las encuestas, es menos querida que el locro de zapallo. 

Entre los pinnípedos está nuestro Philip K. Dick, Fernando Rospigliosi, un genio innovador que tomó la columna de opinión y la llevó a los altos niveles de la ciencia ficción. Está también Ricardo Vásquez Kunze, aquel “flaquito de Lince que se cree Príncipe de Alsacia” según Hernando de Soto, a quien todos le pagamos para editar libros pero hasta ahora solo ha editado su propio portal, del cual es director, redactor, columnista, reportero, entrevistado y troll.

Pero la figura más tierna de este grupo es, qué duda cabe, Víctor Andrés Ponce.

Leal y abnegado, Ponce apareció ayer en televisión como el vocero alterno de Fuerza Popular mientras Miki Torres compraba un cuarto de pollo a la brasa para llevar a la celda de Pier Figari.

¿En qué canal? En todos.

Como si toda su vida hubiese estado esperando ese momento, Ponce se multiplicó: estaba en la marcha y a la vez estaba en RPP y luego estuvo en Canal N y también en Canal Plus, y mientras se hacía el indignado ante las cámaras le pedía parte pecho a Pier Figari y le enseñaba a Úrsula Letona cómo fingir la voz quebrada snif.

Ese es el papel que ha perfeccionado Ponce: el de felpudo. Como será de alfombra que su pasaporte es persa.

Pero ahora, me preocupa mucho su situación futura. Si el fujimorismo termina de caer, su abnegación quedaría en nada. ¿Se imaginan? Tantos años reventándole ratablancas al nuevo fujimorismo para que al final la hija también vaya presa.

¿Qué sería entonces de él? Lo imagino solo, triste, desorientado, tocándole la puerta a Alan García con la cabeza para lograr un poquito de afecto, un poquito de atención.

Me preocupa de verdad. Ponce no tuvo la astucia del analista camiseta que, apenas olió el hundimiento, hizo un triple salto mortal para huir al barco oficialista de enfrente. Eso es previsión. Imagínense tener al primer politólogo con prisión preventiva.

Ponce no. Ponce fue leal. Se quedó hasta el final. Como aquel violinista del Titanic, Ponce saca agua del barco en un viejo balde de Pinturas Tekno mientras este se le voltea.

¿Qué será de Ponce cuando el barco se hunda? ¿Cogerá quizá un salvavidas? ¿Logrará aferrarse a una maderita? ¿Se hundirá en las heladas aguas del anonimato?

En serio me preocupa. Ponce no genera el rechazo que sí consiguen Rospigliosi y su vena ficcional. Tampoco es un chiste involuntario como Juan José Garrido y su vana pretensión de parecer inteligente. Ponce es humilde, simple, barrial. Garrido en cambio leyó un día a Oliver Sacks en su iPad mini y creyó saber de neurociencia. Se miró en el espejo de su baño y dijo “quiero ser divulgador científico”. Pobre hombre. En su última columna, fiel a su deseo, Garrido utilizó las palabras “ecosistema” y “entropía” para aludir a la coyuntura política. Se creyó un genio. No contento con eso, citó también a Borges. Sangran mis ojos. Es un criminal. Deberían expropiarle el teclado. Más que divulgador científico, es un divulgador ridículo.

Pero Ponce no es así. Ponce es plano. Ponce no intenta volar. Ponce ni siquiera tiene pies. Se arrastra. Cuando avanza deja marquitas húmedas en el suelo. Pierde orientación. Convoca a una gran marcha a la que solo iría él. Por eso me preocupa. Qué será de él cuando todo caiga, si es que cae.

Y si cae, habremos perdido un poco de belleza. No veremos más a Víctor Andrés Ponce moverse en circulitos por los sets de televisión como un gusano desorientado. No veremos más a Vásquez Kunze cruzar el jirón Lampa con su terno morado como el Señor de los Milagros. Lima sería más sana pero un poco más gris.

Empiezo a sentir nostalgia.


Escrito por

Carlos León Moya

Contratista de Odebrecht.


Publicado en

Reforma Agraria

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