el momento del ego

fuente: la república

Vizcarra y la calle

Si el Presidente no sigue el ánimo de la calle, puede terminar en la calle

Publicado: 2018-07-19

Miremos el lado patriótico y amable: los audios del CNM nos enseñan que no necesitamos de ningún brasilero para ser corruptos. Los peruanos podemos solos. No hacen falta empresas foráneas para que nuestra élite política, económica y judicial se degraden. Nosotros somos originales y podemos inventar nuestros propios mecanismos: ni calco ni copia. Walter Ríos fue mucho más allá que todos: exigió 10 mil dólares de garantía para un acto corrupto. Si no cumplía, devolvía. Eso es atención al cliente. Satisfacción garantizada. Feliz 28. 

Todo esto llevó a que tengamos hoy una marcha inédita: la demanda es un cambio en el Poder Judicial. Qué cambio: una fumigación. Hasta hace dos semanas nadie sabía qué era el CNM. Hoy todos sabemos quiénes lo conforman y además los queremos freír en aceite. Y me parece muy bien. Los aliento. En verdad, nadie pensaba que los peruanos podíamos salir a la calle a pedir mejores instituciones. Hace diez años las marchas iban frontalmente contra el modelo económico, con la derecha contestando que éramos perros del hortelano. Ahora, la demanda va mucho más allá del modelo: nadie está pidiendo redistribución. Pero sí hay una constatación de que el crecimiento no soluciona nada, no fumiga las ratas y estas han ido carcomiendo nuestras instituciones. Ahora hasta podemos escuchar sus chillidos a través de audios.

La aplicación del modelo a la peruana –frívola, ombliguista, mercantil- ha dejado que los roedores proliferen en todas partes. A quienes lo aplicaban, y a quienes lo defendían, nunca les interesó combatirlos. Ni siquiera querían aumentar el presupuesto para su erradicación. Solo pensaban en cifras, destrabar las inversiones, el crecimiento del próximo trimestre, mantener a los mineros contentos.

Su principal enemigo nunca fue la corrupción. Qué iba a ser, si hacían tratos con ellos (Club de la Construcción), si eran parte de la mancha (Hello, Graña), si les parecía tolerable llegar a algún acuerdo político (el fujimorismo).

Su principal enemigo eran los cholos que hacían paros, los radicales que se tiraban a las carreteras, el Sendero Luminoso que inventaron para la ocasión. Es decir, aquellos que, a su juicio, entorpecían el crecimiento. ¿Y las instituciones carcomidas no lo entorpecían acaso, no lo ralentizaban, no lo hacían insostenible? No, eso no importaba. Leían a Acemoglu y Robinson y a la semana volvían a Roberto Abusada. Lo importante era crecer a 4%.

Pero allí está. Por fin nos reventó en el cacharro. Las instituciones son como Casemiro frente a Bélgica: uno no sabe lo importantes que son hasta que te hacen falta.

Un apunte a todo esto: por favor, no hagamos caso a los que se reacomodan hoy. Revisen ustedes columnas antiguas: miren quiénes decían que a este crecimiento le faltaban instituciones, y que sin ellas todo era en vano; miren quiénes decían que lo principal era crecer y crecer y crecer, y que el resto eran demandas secundarias, caviares que no sabían de economía. Miren también a quienes demandaban instituciones, pero el páncreas los llevó a sostener que el fujimorismo podría solucionar ese vacío. Sí, el fujimorismo: los mismos que usaban esa precariedad a su favor. Ya saben: tener enemigos imaginarios solo te lleva a sostener tesis ridículas.


Esta mañana renunciaron (casi) todos: los miembros del Consejo Nacional de la Magistratura y el Presidente del Poder Judicial, Waterloo Rodríguez. Ayer, el agonizante CNM suspendió temporalmente al Jefe de la ONPE, parte también de este embrollo.

Sin duda, esta avalancha de renuncias quita piso a la marcha de hoy. Pero podemos verlo de otro modo: la marcha no es solo para que se vayan tal o cual, sino para seguir empujando un cambio, una fumigación que es bien fácil dejar a la mitad.

Para mirarlo mejor, dejemos de lado las frases fastuosas y vacías que acompañan a esta marcha (refundar la patria, cambiar las estructuras, asamblea constituyente, revivir a David Bowie), y pensemos en qué cosa, realmente, puede conseguir. Omitamos también a aquel solitario compañero sin organización, de un metro cincuenta y cuarenta seis kilos de peso, que grita "esto no es un pasacalle" y busca el enfrentamiento con la policía para sentirse Superman.

La marcha de hoy es principalmente demostrativa. Es hacer fuerza y mostrar que hay mucha gente asada con todo esto. Esta es la primera vez en mucho tiempo que una marcha goza de casi todas las simpatías, salvo las del fujimorismo y sus focas, y su importancia se medirá por el número de gente que asista. Treinta mil sería un buen número para nuestros estándares. Las marchas contra el indulto rondaron las cuarenta mil, según mi ojo. Cincuenta mil ya sería un éxito. Y de allí que su carácter sea demostrativo: cincuenta mil personas es un gran número para el Perú, pero con eso no tomas la Bastilla.

La pregunta es, ¿demostrar fuerza ante quién? Ante el fujimorismo, no. Ellos son inmunes a este tipo de demostraciones. No se amilanan con facilidad. ¿Ante la prensa? Quizá. Pero la cobertura mediática ha sido sumamente crítica con los magistrados y con el fujimorismo. Durísima. Admitámoslo: esta crisis del sistema de justicia, y del fujimorismo involucrado con él, no ha sido creado por la oposición o la izquierda, sino por un grupo de valientes periodistas que fueron atando cabos y empujando este tema arriesgando su propio pellejo.

¿Demostrarle algo al Presidente Vizcarra, entonces?

Quizá eso sea lo más tangible. Darle un lapo al Presidente, quien hasta la semana pasada vivía escondido debajo de su escritorio.

Desde que asumió la Presidencia, Vizcarra se convirtió en nuestro Aldo Corzo: un muchacho esforzado que paraba en la banca. No salía a la cancha. Ni siquiera salía a calentar. Era entendible, pues estaba más solo que Sampaoli. Pero también era exasperante. Muchos pensábamos que Vizcarra regresaría a casa en cualquier momento, que no pasaría la fase de grupos. Su desidia y sus coqueteos con el fujimorismo hacían suponer que terminaría como su antecesor.

Pero ahora, por casualidades de la vida, tiene la pelota al frente y el arco desguarnecido. El fujimorismo, que lo tenía del cogote, ha quedado bastante dañado por sus evidentes vínculos con los indeseables. El Poder Judicial, aquella institución que parecía imposible de reformar, está lista para ser limpiada. Es una oportunidad única: no solo para Vizcarra y su supervivencia, sino para el país y su futuro.

Vizcarra puede aprovechar esta oportunidad que jamás volverá a aparecerle. Puede convertirse en el Checho Ibarra y hacer el gol como sea. De oreja. De cadera. De nariz. Pero hacer el gol. Puede incluso buscar cerrar el Congreso y todos lo aplaudiremos. Es más, podría utilizar ese espacio en algo realmente útil: un Tambo con cajero, una estatua de Balán Gonzales, un puesto de pan con chicharrón.

Vizcarra puede también hacer la de Kucyznski: es decir, absolutamente nada.

Kuczynski tenía un problema insalvable: no quería pelear nunca. Odiaba el enfrentamiento, y eso en el Perú equivale a no gobernar. Siempre decimos que hacer reformas implica pelearse con mucha gente, pero en el Perú estamos un paso más allá: solamente hacer las cosas bien implica pelearse. Sucede en el Estado y más aún en la Presidencia. Pero Kuczynski no deseaba ser Presidente. Soñaba con hacer otras cosas mientras tenía la banda puesta: dormir, jugar squash, pasear por Princeton, volver a dormir.

Además, había un coro de columnistas y pseudo-analistas que le recomendaban a Kuczynski no pelearse, evitar el “choque de poderes” con el fujimorismo y entablar un gran acuerdo nacional con ellos por el bien de la economía nacional (¿ven que nunca les importaron las instituciones?). También estaban sus amigos que veían a “la calle” con pavor de clase. Para ellos, “la calle” era esa gran jungla que se ubicaba entre San Isidro y El Comercio, y eventualmente Palacio de Gobierno. Las marchas, en consecuencia, eran todo lo que odiaban: gente fea, polos con sudor, comida en carretilla. Por supuesto, había que darles la espalda.

Pero Vizcarra puede no hacer eso. Vizcarra puede optar por la primera opción: escuchar a la calle, salir de su escondite. Comerse el pleito, convertirse en Checho Ibarra, meter un gol de oreja.

No solo es lo mejor para el país. Es también su única chance.

Si Vizcarra la deja pasar, no habrá otra. Aquellas personas a las que amenazó, irán por él. Lo van a agarrar de los pies. No lo van a soltar. Y puede acabar mal. Muy mal. 


Escrito por

Carlos León Moya

Contratista de Odebrecht.


Publicado en

Reforma Agraria

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