moras non sacta

Paolo Guerrero, la rebelión contra el fracaso

El capitán de la selección demostró que los peruanos podemos ser distintos. Su sanción no anula lo que él significa: la rabia frente a la derrota

Publicado: 2018-05-14

El fútbol no es solo un deporte. Es una metáfora de nosotros. En él, se reflejan nuestras ansias y nuestros vicios, algo que podemos llamar -con torpeza- “nuestra forma de ser”. Tenemos incluso una forma particular de ver el fútbol, de afrontar los resultados, de relacionarnos con los jugadores. Podemos leernos a través de una pelota.  

Pero más que interpretarnos, quiero entender por qué me frustra tanto la sanción a Paolo Guerrero. Por qué me molesta de este modo. Por qué me ha tenido todo el día pensando en otra cosa. 

Y es porque Paolo Guerrero es mucho más que un goleador.

Paolo Guerrero es una actitud: una forma -atípica para nosotros- de enfrentar la adversidad. Y frente a 30 millones de espectadores. 

*

Guerrero apareció, para mí, como una negación de lo anterior.

Hacía todo al revés de lo que yo esperaba.

Si me había acostumbrado al jugador peruano tibio y displicente, Guerrero era el orgullo que peleaba hasta el final incluso en medio de una goleada.

Si todos los rivales le caían encima, en lugar de tirarse y alzar los brazos, Guerrero seguía y seguía con más fuerza con más pundonor con más empuje y seguía hasta dejar al rival en el piso hasta meter el gol del empate.

Si me había resignado a los momentos críticos afrontados con apatía, Guerrero los afrontaba con rabia. Guerrero es la rabia ante la derrota. Es más que un hombre providencial. Más que el líder que señala un camino. Es una actitud de ruptura. Es la rebeldía contra “la misma mierda de siempre”. Eso dijo cuando Uruguay nos metió el primer gol en marzo del 2017: “siempre, siempre la misma mierda. ¿Por qué estas cosas me pasan a mí?”. Pero no lo dijo echado boca arriba: lo dijo pateando el césped, regresando a su posición, dispuesto a continuar. Minutos después metió el gol del empate, pase largo de Yotún, deja en el piso a Godín. Pero no lo celebró como si fuese una estrella. Lo celebró con rabia. Con bronca. Con furia. Eso apenas era el empate. Hacía falta ganar.

Lo mismo pasó con el empate a Colombia. ¿Cuántos de verdad creímos que allí se acababa todo? Yo no sabía qué sentir. La tradición y su peso me decían que eso era todo: ya habíamos visto esa película antes, ya sabemos cómo acaba. Pero un lado mío, muy reciente, me decía que esta selección es distinta. Que habían hecho cosas que yo ya no esperaba. Que eran una negación de lo anterior. Y así llegó el tiro libre indirecto: Guerrero patea al arco, Ospina la manotea, gol de Perú, doce segundos que no supe qué hacer. ¿Fue gol? Cuando entendí que Ospina la tocó ni siquiera lo celebré. Me quedé mirando a Guerrero: gritaba “vamos, vamos” al resto, furioso. Frente a la tribuna parecía celebrar una venganza personal y no el gol que nos llevaba al repechaje.

“Perú juega como nunca y pierde como siempre”.

Tan común era esta idea que se convirtió en lema.

Nosotros hemos visto algo distinto.

Cuando perdíamos, Guerrero lo empataba.

Corría a su posición de regreso.

Quería meter otro gol.

Quería voltear al partido.

Es la rebelión contra el fracaso.

Guerrero es mucho más que un jugador.

Es otra forma de ser peruano.

*

La selección, por suerte, no es solo Guerrero. Perú lleva ya 12 partidos sin perder. Los últimos cuatro, sin su capitán.

A diferencia de Argentina y Uruguay, no tenemos una narrativa de la “fiera herida”: aquel equipo que se crece ante la adversidad, que reacciona virtuosamente ante los golpes.

No la tenemos, pero no importa. Esta selección ha hecho muchísimas cosas que no se esperaban de ella. Si ha podido devolverme la confianza a los campeones mundiales del descreimiento, los peruanos, ¿qué cosa no puede hacer?

En el país que ve cómo se esfuman quince años de crecimiento, la selección lleva doce partidos sin perder. En el país de la institucionalidad inexistente, la selección tiene un sistema definido. En el país donde nadie cree en nadie, la selección tiene la confianza de todos. En el país donde cualquier noticia estúpida genera un revuelo infinito, la selección tiene una gran inteligencia emocional representada en los deditos en las sienes de Gareca. En el país que lleva 17 años sin querer a un Presidente, los niños les piden a sus padres la camiseta con el apellido del capitán.

La selección peruana, en su conjunto, está a la vanguardia del Perú. 

*

Mis amigos y yo estamos marcados por la derrota. La heredamos primero. Después llegó 1997: un fantasma deportivo que estamos empezando a superar.

Aprendimos a vivir en la seguridad del fracaso anticipado: así todo duele menos. Crecimos con ídolos, pero sin modelos a seguir. Ningún jugador de las selecciones que vi me transmitió algo que se acerque al respeto o la admiración.

Hasta esta selección.

Me sorprende aún ver a niños con su camiseta de Guerrero. Ignoro qué impacto tendrá crecer viendo a Perú ganar. Yo crecí mirando el fracaso como un componente primordial de la vida, especialmente en el fútbol. Llegaba el primer gol rival y sabías que todo iría a peor. No solo yo. He visto a peruanos reír ante una derrota deportiva: no molestarse, reírse. Así era más fácil tragar el fracaso.

Ahora la norma es la tenacidad. Batallar. Salir a empatar. Voltear el partido. Guerrero lo simbolizó a su manera: celebrar apenas los empates, volver a su posición, buscar nuevamente la pelota.

Y no estará en el Mundial.

Más que pena, siento rabia.

*

Pensé ubicar a Guerrero como un héroe peruano más. Para ser héroe en el Perú es necesario caer. No tenemos héroes vencedores. Los nuestros pierden, pero bajo ciertas circunstancias: en una lucha desigual contra un enemigo superior. Me pareció antojadizo. Lo abandoné.

Pensé ubicar a Guerrero en una parábola bíblica. Lideró a un pueblo que anduvo casi cuatro décadas por el desierto deportivo y lo llevó a la tierra prometida, pero no pudo ingresar a esta. Solo le quedó mirarla desde lejos. Me pareció facilista. Lo abandoné

Quizá sea más preciso decirle solamente capitán.

Decirle capitán a alguien era sinónimo de nada. “Capitán de la selección” sonaba a la persona que recolectaba la chancha para comprar el trago. No infundía ningún respeto.

Guerrero ha cambiado eso. No por el cintillo, sino por su actitud. Por romper con la tradición, por su rebelión contra el fracaso, por la rabia frente a la derrota. Por no dejar que pase siempre la misma mierda. Por empatar los partidos cuando nos habíamos resignado a perderlos. Por querer ganarlos cuando apenas soñábamos con empatarlos.

Guerrero es y será distinto.

Habíamos tenido más de un goleador, pero hacía tiempo no teníamos un Capitán.


Escrito por

Carlos León Moya

Contratista de Odebrecht.


Publicado en

Reforma Agraria

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