el momento del ego

Carhuanshow

En un país de ratones y desesperanza, el Poder Judicial se convirtió en una excepción. Pero sus últimas decisiones, entre el chiste y el abuso, lo vuelven un poco otorongo.

Publicado: 2018-05-09

Aceptémoslo: desde diciembre del 2016, el Poder Judicial es el principal actor político del Perú. 

Nadie marca la agenda como ellos. Nadie tiene su capacidad para obtener cámaras, portadas, titulares. Ni siquiera el Presidente (ni este ni el anterior). Nadie puede ejecutar una estrategia política seria sin toparse, para bien o para mal, con las decisiones de los jueces que tienen en sus manos el caso Lava Jato. Nadie. Y por momentos hasta parece autónomo.

Imagínense al Presidente que, obligado por sus asesores, tuvo que viajar a Cerro de Pasco a besar niños huérfanos. Cuando por fin llegaba a El Golf, aquel remanso que no parece Perú, se imaginó a sí mismo en las portadas del día siguiente:a “Presidente recupera el ritmo de crecimiento mientras besa a cinco huérfanos”, valió la pena quedarse sin aire. Bajó del auto. Entró a su casa. Pensó en llamar a su Canciller solo para hablarle en inglés. Prendió la tele: “Juez autoriza allanamiento de casa de Alejandro Toledo”. Desbloqueó su celular: 59 llamadas perdidas. Imaginó de nuevo las portadas del día siguiente: “Cholo con un pie en la cana. Allanan su jato y encuentran trece huacos”. Nunca más saldré de San Isidro. Abajo, a la derecha, en letras pequeñitas: “Presidente viaja y se queda sin aire”.

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Recordemos: el Poder Judicial y la Fiscalía se han convertido en El Dúo de la Historia no por un mero afán de protagonismo, sino porque tenemos una élite política tan pero tan roedora que todos están involucrados en el caso Lava Jato. Todos nuestros presidentes, desde 1985 hasta hace mes y medio. Con la excepción de Valentín Paniagua: 8 meses es poco tiempo hasta para Odebrecht.

Oficialismo, oposición, derecha, izquierda, demócratas, autoritarios: a todos les cayó su pedazo.

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Precisamente por eso, las primeras acciones del Poder Judicial y la Fiscalía fueron bien vistas por el grueso de nuestras desconcertadas gentes.

En verdad, más que desconcertadas, nuestras gentes son decepcionadas. A fines del 2016 nadie creía –nadie- que algún político de peso fuese a caer. El peruano promedio concluía que el Poder Judicial estaría a merced de algún partido –digamos, el fujimorismo-, que la Fiscalía estaría en manos de otro partido –digamos, el APRA-, y que usarían ese control para negociar con los otros investigados: yo te salvo, tú me das mi tajada. La frase más común en los grupos focales de entonces era “entre ellos se van a salvar”. Decepcionadas gentes. No podía ser de otro modo. Hasta hace unos meses, el lema oficial del Perú era “Otorongo no come otorongo”, mucho más preciso que el edulcorado y baboso “Firme y feliz por la unión”, frase tan huachafa como las novelas de Manuel Scorza.

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Que los peces gordos empezaran a caer fue una grata sorpresa. Primero fue Alejandro Toledo. Después fue Félix Moreno. Y luego, en julio del año pasado, cayó Ollanta Humala.

Dos expresidentes con prisión en menos de seis meses: no parecíamos Perú. Cuando Humala entró a la cárcel, recordemos, era políticamente un estropajo, un pericote, el primero de todos los presidentes en caer (Toledo estaba en California bañándose en bourbon). Nadie se solidarizaba con él, salvo 27 de sus exministros: es decir, una combi techo alto llena. O sea, nadie.

Parecía que todos los demás caerían también. La Fiscalía era una fiera sin dueño, muy distinta al Parque de las Leyendas de José Peláez. Los nombres de los jueces empezaban a sonar en los mercados (de frutas): el ridículo histrionismo de Julia Príncipe y Katherine Ampuero fue reemplazado por las sonoras sílabas de Hamilton Castro y Richard Concepción Carhuancho, nombres de fácil recordación. Los peruanos no sabíamos qué cuernos era la Fiscalía ni para qué servía, pero sí que el tío Hamilton era bravo y que Carhuancho metía a presidentes a la cana. En un país de decepcionadas gentes, eso era lo importante.

Hubo incluso un momento antioligárquico en todo esto. Poco después de las declaraciones de Marcelo Odebrecht, el juez Concepción Carhuancho, que rima con kankacho, dictó 18 meses de prisión preventiva contra José Alejandro Graña Miró Quesada y sus patas con apellidos de Ellos & Ellas (Ferraro Rey, Graña Acuña, Camet Piccone y Castillo Dibós: las secciones de Sociales se quedaron sin fotos). Definitivamente, nuestro momento más igualitario desde aquel hermoso 26 de julio de 1974 en que expropiaron el diario El Comercio para dárselo a los campesinos.

Tres días después, 7 de diciembre, el mismo Concepción Carhuancho autorizó el allanamiento a dos locales de Fuerza Popular. Cómo no recordar al Fiscal José Domingo Pérez Gómez a punto de ser esterilizado por Luz Salgado. Otro momento histórico y mágico: el fujimorismo buscaba ocultar pruebas, pero sin 40 maletas a la mano para llevárselas a Brunei.

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Desde entonces, las cosas fueron cambiando de color. Aquella semana de diciembre, la política peruana parecía La Próxima Víctima, nuestra propia telenovela brasileña. Quién sería el siguiente en caer, era la pregunta, a quién se tumbarían los jueces y fiscales.

Pero desde entonces, nadie cae.

Kuczynski sí, pero en verdad él se cayó solito. El Congreso lo iba a apanar un jueves, pero renunció antes. Igual lo apanó la Fiscalía ese sábado. Y con pollo.

Como decía: desde entonces, nadie cae.

Si el 2017 la dupla Poder Judicial – Fiscalía tuvo más éxito mediático que Ozuna, en este 2018 se ha convertido en Pedro Suárez Vértiz: una presencia sin resultados tangibles y que cae peor conforme pasan los días.

No es tan simple, por supuesto. Obtener esos resultados tangibles o “mediáticos”, por decirlo de forma burda, no es cosa de voluntad. Armar el caso de Alan García no es tan fácil como el de Alejandro Toledo: no es lo mismo cazar a un jabalí con las manos que atrapar a una tortuga borracha y coja. Lo mismo con Keiko Fujimori.

Con Humala, en cambio, todo parecía listo. Ya estaba preso y los indicios eran fuertes: las declaraciones de Marcelo Odebrecht y Jorge Barata sobre los 3 millones de dólares que recibió, las agendas de Nadine Heredia llena de consultorías falsas para justificar los ingresos.

Pero había un detalle: si metes adentro al más ganso, y dejas en libertad a los más matones por casi un año, nadie va a creer que es por la dificultad en armar tu caso. Al menos, nadie en el Perú, país de las decepcionadas gentes. Acá van a creer que esa desigualdad se debe a que te volvieron otorongo, nuestro símbolo nacional.

Peor aún: si apresas al ganso, y encima te ensañas con él, no solo eres otorongo. Eres abusivo. A los pendejeretes que se sientan al fondo del salón y paran tirando papelitos con saliva no les haces nada, pero al pobre hombre que te entregó su pasaporte y cumplió con todas las normas –raya al costado, pantalón con basta - lo encerraste durante 9 meses en el baño. Y cuando por fin logró salir, le quitaste su mochila y su lonchera. Luego se las devolviste. Mentira: ahí mismo se las volviste a quitar. Encima de cobarde, abusivo. Y pa’ concha, cachoso.

El tiempo es una variable importante. En los nueve meses que Humala estuvo preso, nadie más cayó. Nadie de su peso: los otros dos matones. Allí fue convirtiéndose en la víctima, en el lorna. No bastó con tener a dos ex Presidentes con prisión preventiva. Si pasa un tiempo corto y los otros no caen, vas a empezar a otoronguearte: te salen manchitas en forma de cuadrado, te crece la cola, te ven como los anteriores. Las decepcionadas gentes son también impacientes.

Insisto: el caso es muchísimo más complejo, por supuesto. Pero las argumentaciones jurídicas se vuelven inútiles cuando un caso es tan gráfico, y por ende tan fácil de entender, con posiciones bastante distinguibles. Lo ocurrido con Humala encaja perfecto en la imagen que tenemos del abuso. Puede no serlo, y pueden existir argumentos para justificar las acciones de la Fiscalía y de Súper Concepción Carhuancho, pero qué importa. No van a sacar esa imagen de la cabeza de la gente. Una idea no vence a un sentimiento. Lo maltrataron, pobre. Solidaridad. En menos de nueve meses, la combi techo alto se convirtió en medio país. De este modo, y en tiempo récord, el Dúo de la Historia (Wisin Judicial y Fiscalía Yandel) se convirtió en el Dúo de la Infamia.

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Dos ideas finales. La primera es una constatación: en el Perú nos decepcionamos muy rápido. Y eso incluye a las personas o instituciones que hasta hace poco les teníamos camote.

Un ejemplo: en marzo del 2017, la percepción que tenía la gente en Lima sobre el gobierno y el país era malísima. Decepcionados y molestos, pero inactivos. Como diría Ráfaga: sin esperanzas. Hasta que llegó El Niño Costero, una tragedia que trajo un rayo de luz a nuestros sombríos ciudadanos. Durante tres semanas los peruanos creímos en nosotros mismos, en nuestro civismo, en nuestra bondad. En Palacio de Gobierno creyeron –o creímos- que había que aprovechar la ola. Ya se preparaban los siguientes pasos: canciones, spots, hashtags y serpentinas que dijesen Una Sola Fuerza por toda la Panamericana. Hasta que un miércoles, mientras me empujaba mi sánguche de pollo, me topé con el peso de la realidad: al otro lado del vidrio, la gente en los grupos focales volvía a estar asada. Ya pasó ya, señorita, todo va a seguir igual. ¿Reconstrucción? Nada va a pasar, joven, solo van a robar. ¿Lo bueno del Niño Costero? La gente, nos ayudamos entre nosotros. ¿Qué va a pasar? Nada, pues. Van a volver a robar, lo mismo de siempre va a ser. Durante cuatro horas escuché lo mismo: un ánimo opuesto al de la semana anterior pero idéntico al de tres semanas atrás. La rabia no había desparecido. Solamente se había sumergido y 21 días después volvió a salir a flote. Nunca fuimos Una Sola Fuerza. Siempre fuimos Sálvese quien pueda. De más está decir que las canciones, piñatas y serpentinas fueron ejecuciones inútiles. La ola a la que quisimos subirnos ya había desaparecido.

Creo que algo análogo puede pasarle al Poder Judicial y a la Fiscalía. Lograron crear una buena imagen y sostenerla durante mucho tiempo, algo bastante inusual. Sin embargo, en este año no han conseguido nada destacable (o tan destacable como lo que hicieron el 2017, una valla muy alta). De hecho, lo único destacable ha sido dejar preso a Humala e incautarle la casa apenas salió en libertad. ¿Qué puede ocasionar esto? Una posibilidad es que tiren abajo su nueva imagen -el Poder Judicial independiente, la Fiscalía fiera-, y regresen a la imagen anterior: digitados, vengativos, abusivos. Otorongos. Me temo que esto ocurrirá si no logran nada espectacular con Alan García o Keiko Fujimori.

La segunda idea es más una incógnita: Richard Concepción Carhuancho. Lo que ha hecho esta semana es tan ridículo que me sorprendo al constatar que hoy recién es miércoles y Concepción Carhuancho ya la embarró tres veces. El lunes en la mañana dicta la incautación de la casa de los Humala. El lunes en la noche los Humala se van como el Chavo de la vecindad. El martes en la mañana suspende la incautación por treinta días. El martes en la noche suspende su suspensión.

Payasada. Concepción Carhuancho cambia de opinión como Luis Galarreta de partido. ¿Qué creen que entenderá aquel peruano decepcionado que deambula por nuestro territorio? Lo mismo que entendemos todos: que un juez que tiene 3 posturas distintas en 36 horas es un programa cómico. Ya no es el canero Súper Concepción Carhuancho. Es Carhuanshow, amenizando sus mañanas de lunes a viernes desde las 8.

Entre ser un personaje de El Mecanismo y uno de La Tremenda Corte existe una delgada línea roja que Concepción Carhuancho ha saltado como si fuese una soga en el recreo. Si se detiene, si deja de saltar, puede volver a ser nuestro Sergio Moro y Tondero hará una película basada en él (y será interpretado por Bruno Ascenzo tras echarse betún). Si continúa salta que salta, habremos regresado a lo de siempre: un país desesperanzado que mira a su Poder Judicial como si fuese un chiste.


Escrito por

Carlos León Moya

Contratista de Odebrecht.


Publicado en

Reforma Agraria

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