el momento del ego

Sendero: La amenaza imaginaria

Salvo por su actividad delictiva en el VRAEM, Sendero Luminoso no es más una amenaza pública real. La gran mayoría de sus militantes ya están en libertad, y no ha pasado nada. Aun así, los titulares avivan el terror. ¿Basados en qué? No sabemos.

Publicado: 2018-04-20

Cada que un preso por terrorismo cumple su condena y sale en libertad, la floja prensa nacional inicia su cobertura de siempre: declaran al país en emergencia, auguran un inmediato rearme subversivo, envían babeantes mensajes a los jóvenes, y atribuyen al terrorista en cuestión ser el “número 2” de su organización. 

Para ahí. Pisemos la pelota, pensemos como Gareca (deditos a la cabeza), y démosle un ojo a todo esto.

Aunque es osado concluir que Sendero Luminoso se rearmará porque un octogenario va a su casa, muchos repiten que se le sumarán las centenas de terroristas próximos a liberar (de cualquier partido). Y que, una vez juntos todos, su ofensiva sería inminente. El regreso del terror.

Sin embargo, lo anterior parte de una suposición errada: que los terroristas siguen presos, atrincherados, esperando salir a la calle para retomar la guerra. 

Primer hecho: la gran mayoría de los presos por terrorismo ya salió en libertad. Y hace mucho. Un primer grupo de 481 presos, considerados inocentes, fueron indultados entre 1996 y 1999 por el propio Alberto Fujimori. Después, durante el gobierno de Alejandro Toledo, salieron más sentenciados. Las razones: cumplimiento de condena, nuevos juicios (con estándares mínimos), y absoluciones. Desde entonces, el ritmo de salida es sostenido. 

¿Cuántos terroristas presos quedan ahora? Miremos cifras de hace dos años.

Según el Censo Penitenciario de abril 2016, había 77, 086 presos en las cárceles del país. Del total de internos censados (76,180), el 49,9% había incurrido en algún delito considerado de seguridad ciudadana: robo, hurto, homicidio, tenencia ilegal de armas, extorsión o secuestro. Sí, la mitad (37,949).

Luego, el 21,5% de internos (16,248) lo estaba por tráfico de drogas: desde tráfico agravado hasta micro-comercialización.

Finalmente, el 17% de internos (12,938) había cometido algún delito contra la libertad sexual. Agrupamos aquí la violación sexual -incluyendo a menores de edad- y los actos contra el pudor.

Al sumar estos tres rubros (seguridad ciudadana, tráfico de drogas, libertad sexual), tenemos al 88,4% de los internos del país. Sí, casi todos. Si asumimos que las cárceles son un reflejo de la sociedad, vemos claramente qué problemas nos acechan hoy en día.

¿Y los presos por terrorismo? Pues bien: hace dos años (DOS AÑOS) eran apenas 434. Es decir, MENOS del UNO por ciento de la población penitenciaria (0,57%). Sumémosle dos cosas. Primero, que la población penitenciaria aumenta a un ritmo promedio de mil presos por mes. Hoy, con casi cien mil internos, el porcentaje de presos por terrorismo debe ser menor. Segundo, que esa cantidad absoluta también debe ser menor: los pocos que quedan ya van cumpliendo sus penas.

Miremos en perspectiva esos 434 presos por terrorismo de abril del 2016. Uno: hasta el número de parricidas era mayor (472). Dos, mucho peor: el número de violadores a menores de edad era 15 veces mayor (6,613). Tres: los presos por actos contra el pudor a menores de 14 años (sí, 14) era el triple (1,222). Y cuatro: la cantidad de internos por robo agravado era 51 veces mayor (22,435).

Además, estos 434 internos constituían una población envejecida. Solo 5 de ellos tenían entre 18 y 24 años. Más de la mitad (228) tenía entre 45 y 59 años. Y 40 del total, entre los que se encontraba Osmán Morote, es mayor de 60 años.

Los presos por terrorismo son tan pocos hoy que no se comparan a la población penitenciaria de hace veinticinco años. Es más, ni siquiera se comparan a la cantidad de gente que detenían en ese entonces. Solamente en 1993, la cantidad de personas detenidas por terrorismo y traición a la patria fue diez veces mayor al total de presos que tenemos hoy (4,085, según la Comisión de la Verdad). Incluso en el 2000, la cantidad de detenidos por terrorismo (483) fue mayor al total de presos que tenemos hoy.

Repito: asumamos que las cárceles nos indican cuáles son nuestros problemas como sociedad. A primera vista, todo coincide con lo que ya sabíamos: un país más rico implicó también un país más inseguro, el narcotráfico está presente hasta en el Congreso, el Perú es un país de violadores. Allí se van casi 90% de los internos.

Entonces, ¿por qué estamos tan pendientes de ese 0,57%? Si ya casi todos los presos por terrorismo han salido, y no ha pasado nada, ¿de dónde vienen estos gritos de histeria? Si usted fuera Presidente y tuviera que priorizar algún sector del grueso de delitos cometidos hoy en día, ¿no lo haría con la violación, tan recurrente, tan menospreciada? ¿No pensaría en reforzar la seguridad ciudadana, reducir esa cantidad de secuestros y homicidios? ¿No se espantaría al pensar que 1 de cada 5 presos lo está por tráfico de drogas?

Mejor aún, ¿dejaría que la prensa le grite por no ocuparse de los terroristas en las cárceles, cuando ya casi no queda ninguno? ¿Permitiría que cinco narradores de noticias que ni siquiera han leído El Principito le den lecciones de historia política contemporánea? ¿Consentiría que un sujeto que se cree “víctima del terror” por haberle puesto Cinta Scotch a su ventana durante un apagón, le ponga la agenda?

Es más, en lugar de preguntarles huevadas a los vecinos de Morote (“¿qué se siente vivir a su costado?”), hagamos preguntas más importantes. Por ejemplo:

1. Si la mayoría de presos por terrorismo ya salió en libertad, y no ha ocurrido aún el reinicio de la guerra popular, ¿cabe replantearse la hipótesis de que los terroristas necesariamente lo serán –de forma mecánica y ahistórica- a lo largo de sus vidas? ¿O esperamos indefinidamente el reinicio de la Guerra Popular?

2. Que estemos preocupados por lo que hacen los terroristas presos al salir, ¿no debería hacernos pensar sobre lo qué hicimos como Estado cuando ellos estuvieron presos? ¿Son realmente material perdido e irrecuperable? Si lo fuesen, ¿por qué nadie ha reiniciado la guerra?

3. ¿Cuál fue nuestra política hacia ellos en prisión? Si fue solamente encerrarlos y mirar para otro lado, ¿tuvimos razón?

4. ¿Qué deberían hacer los presos por terrorismo cuando salen en libertad? Si el Estado no les ofrece ninguna alternativa y la prensa los trata de ratas para abajo, ¿qué es más probable? ¿Qué busquen a sus viejos compañeros de armas para conseguir ayuda, o que manden su currículo a un Starbucks?

5. Ignoremos todo y asumamos que los terroristas nunca cambian. Bacán. ¿Entonces por qué Sendero Luminoso ha tenido tantas transformaciones? ¿Acaso es lo mismo decir que eres el producto de “quince mil millones de años de materia en movimiento” a gritar “indúltenme a mí también porfis”, como ha hecho Abimael Guzmán?

6. Si los jóvenes son sensibles a Sendero Luminoso porque “no saben de historia”, al punto que los narradores de noticias no-leí-El-Principito tienen que instruirlos al respecto, ¿por qué Abimael no tiene una cuenta en Snapchat?

7. ¿Realmente creemos que los jóvenes que se acercan al Movadef son “desinformados” que no saben de historia? ¿Qué creen que los atrae, entonces? ¿No será, precisamente, la interpretación que le dan a la información que ya tienen sobre la llamada “guerra popular”? ¿O creen que un octogenario preso, que apenas puede levantar el puño, con una barba barranquina y que solo habla de su propia libertad, es un polo de atracción? ¿Qué creen que los atrae: la historia o el presente?

8. Sendero Luminoso es peruano. Toda organización nacida en el Perú pasa muchísimos problemas cuando muere su líder y fundador. La gran mayoría no sobrevive. Cuando muera Abimael, ¿qué pasará con Sendero Luminoso? ¿Podrá tener un sucesor de verdad, o se derrumbará lentamente como un mueble apolillado?

En conclusión, asumamos de verdad que el Perú ha cambiado. Tenemos otros retos, otros problemas. La población penitenciaria es muy distinta a 1993, y nos indica el país que somos ahora: más rico y más delincuencial, más lejos de Yenán y más cerca a Centroamérica.

Claro que arrastramos problemas del pasado. Sendero sigue siendo uno de ellos. Sus acciones en el VRAEM son un problema real para el Estado, y nos ha costado muchas vidas. Pero seamos sinceros: nadie habla del VRAEM, salvo cuando hay una emboscada. La gran prensa apenas les da cobertura. En cambio, amplifican hasta el atoro el supuesto rebrote de Sendero en la ciudad. Y es mentira.

Miremos las cosas en perspectiva. Démosle el peso que realmente tienen. Discutamos sin avergonzarnos. No sigamos el boom del terruqueo intenso.


Escrito por

Carlos León Moya

Contratista de Odebrecht.


Publicado en

Reforma Agraria

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