la furia naranja de Chávarry

Bah. ¿Y qué esperábamos del gabinete?

Mucho técnico, poco político, bla bla bla bla bla

Publicado: 2018-04-03

En el Perú, una de las actividades más banales, junto a pelearse vía Facebook con Mario Vargas Llosa, es medir “qué tan político” es un gabinete. La conclusión será siempre la misma: “es más técnico que político”, seguido de cuatro frases igual de predecibles como “les falta política”. Esto último lo he escuchado de académicos y analistas que no han armado ni una lista para un Centro Federado, pero pueden pontificar con aquella gran seguridad que solo brinda el enorme lago navegable del sentido común.

Sincerémonos: decir “le falta política” es una definición muy peruana. En los países vecinos la discusión sería otra. En el Perú, donde no discutimos nada, solo nos queda decir si Perico es técnico o Marucha es política, y meter de contrabando nuestras inclinaciones ideológicas. 

Dejando de lado lo anterior, podemos concluir que el actual gabinete no rompe con el patrón de lo que va de este siglo. Por un lado, lo económico (“lo principal”) queda en manos de la ortodoxia. Nadie espera un cambio brusco con David Tuesta ni con Daniel Córdova. De hecho, de este último se espera que sea un claro sucesor de Bruno Giuffra y Pedro Olaechea, quienes convirtieron al Ministerio de Producción en el Ministerio de la Pesquería y mandaron al diablo la Diversificación Productiva iniciada por el millonario comunista Piero Ghezzi. 

Por otro lado, lo social (“lo accesitario”) va para los caviares y aquellos que habitan el campus de la Universidad Católica. Patricia Balbuena, Christian Sánchez, Liliana La Rosa, entre otros. 

Y a eso se reduce todo. Casi no hay más que analizar. 

Salvo que usted quiera afirmar “este gabinete es poco político”. 

Desmenucemos. Primero, no hay gabinetes “políticos” en el Perú porque tampoco hay una élite política de dónde sacarlos. Tenemos esa “levedad política”. Lo que sí tenemos son funcionarios públicos con mucho tiempo en el Estado, académicamente capacitados y que han hecho carrera dentro de él. Lo conocen, lo entienden y saben “cómo funciona” (lo cual no es poca cosa). En paralelo, gran parte de la élite política ni conoce bien a los sectores ni sabe cómo funcionan los Ministerios. Ni siquiera saben dónde quedan. Peor aún, pierden la vida en aquella penosa enfermedad llamada declaracionitis (“Buenos días, Congresista. Llamo del diario El Comercio. El Congresista Puercoespín ha dicho que su mamá está calata. ¿Qué tendría que responder?"). Si uno no quiere ganarse problemas, podría designar como ministro a estos funcionarios “de carrera” en lugar de escoger a alguien de nuestra leve élite política.

En segundo lugar: ¿qué más “de político” quieren? A ver, ¿qué “políticos” hay en el Perú? El APRA tiene algunos, y encima los puede prestar. El fujimorismo tiene su mototaxi, cada vez más fajada, pero que no aceptaría ningún Ministerio. Kenji solo tiene a sus asesores. La izquierda tiene algunos sexagenarios. El PPC tenía lo suyo. Cada uno tiene un puchito. ¿Pero qué más hay? No mucho. Entonces, ¿a quién querían en el gabinete? ¿Qué “político” de peso? ¿Piérola?

Casi no tenemos políticos, pero tampoco tenemos partidos ni círculos de pensamiento ni organizaciones ni nada. En el Perú no existe nada orgánico. Solo tenemos individuos. Individuos con amigos y conocidos. Amigos y conocidos que aparecen en medios como “analistas” o columnistas o como catedráticos. Punto. La aceptación o no de un nuevo ministro, por parte del “analista” en cuestión, dependerá de qué tan amigo o no sea de alguien, pues la amistad es la prueba máxima de una trayectoria limpia. “Es mi amigo, lo conozco desde siempre, sé que es una persona honesta”. Fin. 

Ese es el ambiente precario en el que nos movemos. Por eso, hasta ahora, nadie ha dicho cuáles son las dos o tres principales políticas públicas que empujará un ministro, pero sí quiénes son sus amigos y con quiénes se llevará mal. No sabemos qué hará, pero sí cuál es su mancha. Y luego, se toma posición. Salvador Heresi es malo porque es amigo de Alex Kouri, Christian Sánchez es malo porque comía pollito con los asesores de la CGTP.  

¿Algo más nos dice este gabinete? Sí: que el Presidente Vizcarra tiene más cintura y reflejos que su antecesor, lo cual no era muy difícil. Sin embargo, debemos admitir que recibió el cargo en una situación bastante precaria –sin partido, sin gente, sin millones, sin Cadillac-, y por ahora ha surfeado la ola. Uno: Sacó a Giuffra cuando la cosa empezó a ponerse fea. Dos: se desmarcó de la frivolidad étnica del gabinete anterior, y mató así la chapa “de lujo”, claramente racista (Se decía así porque eran blancos. Nadie en el Perú ve a un grupo de oscuritos y los llama “de lujo”, salvo que se trate de la selección de fútbol). Tres: puso en el mismo saco a ministros que se anulan mutuamente, y así nadie puede atribuirse “control” sobre él. Designa a Heresi (“ideología de género”), pero también a Daniel Alfaro (enfoque de género). Revive a “Topy Top” Córdova, pero hace llorar a Jaime de Althaus con Christian Sánchez. 

Cuatro: intenta ganarse a su bancada –y al fujimorismo- con la designación de Heresi. No es una decisión errada ni tonta. La relación que tuvo Pedro Pablo Kuczynski con la bancada que lleva sus siglas fue penosa y patética, digna de no repetir. Vizcarra, el solitario, necesita un vínculo estable con esa bancada de errantes y con esa micro-organización personalista llamada partido. Sí, lo necesita. Que el tamaño de lo que se quiera cooptar sea ridículo (una bancada de 15 miembros, casi el mismo número de afiliados que tiene el partido), no quiere decir que la lógica sea inválida. 

Y cinco: terminó con “el ciclo de los gerentes”, esas personas que planeaban desde el sector privado y aterrizaban al Estado como si fuese un helipuerto. Asumían su rol de funcionario público como un voluntariado, una versión madura de Un Techo para Mi País (“Una Pasantía para mi Estado”). Hablaban de su trabajo como una labor social, señalaban siempre cuánto dejaban de ganar en el sector privado “por estar en el Estado”, como esperando que les diésemos las gracias por sacarlos de San Isidro y llevarlos al centro de Lima, que para ellos era el Manhattan y el estacionamiento Los Portales. Y luego, tras unos duros meses de sacrificio, regresaban al sector privado. El ciclo de esos gerentes, convertidos en altos funcionarios, parece haber terminado. Y se “retoma” –pues ya existía con Humala- la idea del funcionario público ministeriable. 

En suma, pese al usual berrinche, me parece sensato el actual gabinete. A fin de cuentas, tampoco había mucho margen de acción. Un Presidente débil, sin Congreso y sin partido, casi no tenía otra que juntar en un gabinete a perro, gato y rata. Y claro, esperar sentado el sobreanálisis de siempre: hay mucho técnico, hay poco político, el poder de la CONFIEP, unir a todos los peruanos.


Escrito por

Carlos León Moya

Contratista de Odebrecht.


Publicado en

Reforma Agraria

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